Insomnio a pedal

MIS DÍAS SOBRE DOS RUEDAS

Por Cecilia Hauff


"Andes" es mi bicicletita amada, aquí despidiéndose de su amiga que se fue a Brasil rodando.

Todos los días voy a trabajar a un diario en bicicleta, una que me regaló mi papá cuando cumplí 18 años, lo recuerdo bien, fue hermoso. Sé que llegar al laburo me lleva, pedaleando a full, y si los semáforos se ponen en una onda verde conmigo, entre 10 y 15 minutos. Pero soy una chica, y siempre me lleva más minutos prepararme para salir que los que tengo programados, así que últimamente juego una carrera contra el tiempo intentando llegar en 5 minutos, batiendo todas mis marcas, forzando mis piernas al límite, sintiendo cómo mi corazón quiere escaparse del calor de las tarde litoraleñas y frenarse a descansar por su cuenta, y la sangre se me sube toda a la cara: chica colorada, muy roja y cachetona.

Entonces llego, pongo candado, y directo al baño de damas con los pelos parados por la velocidad, a lavarme la cara, a refrescarme, a recuperar el aliento y volver a peinarme. Después de tomar litros de agua me siento en la computadora, y todavía el corazón me está saltando como si estuviera en una fiesta rave.

El tema es que adoro mi vida sobre dos ruedas, en estos días súper monótonos en que el estudio y el trabajo ocupan todo mi espectro, y que casi no tengo tiempo de ver a mis amigos fuera de estos contextos, ni de hacer otro tipo de actividades, me hago más amiga de mi bicicleta. En ella soy feliz, me siento libre, me divierto conmigo misma jugando carreras contra el tiempo, imponiéndome siempre nuevos desafíos que sólo nosotras dos entendemos. Y como salgo de mi trabajo a la media noche, al cierre del diario, sobre mi caballo rodado me siento segura, galopando a toda velocidad hasta mi refugio, donde nadie me espera. Cada noche soy un poco más veloz, y me río sola, porque de verdad estos juegos me entretienen y alegran el día.

Es que roban muchas bicicletas en esta ciudad, en este país, y son capaces de tirarte de la bici mientras pedaleás por quitártela, aunque eso signifique matarte, así que la paranoia me genera todo un ambiente de suspenso cada vez que saco del fuerte a la Rocinante de Plata, que brilla, que es bella, y que me sugieren todos los días en el trabajo que la pinte de negro para que llame menos la atención. La verdad es que no me aferro mucho a las cosas materiales, pero sí a las bicicletas que tuve, son los objetos que más me duele haberlos perdido, los único que recuerdo con melancolía. El resto de las cosas va y viene, no soy muy fetichista, sólo con mis medios de transporte a pedal.


Rocinante, mi hermosa bici robada... una de varias.

No vale la pena deslucir a Andes, después de que me robaran una bici alemana roja, antigua, enorme, con dínamo, y todos los accesorios, a la que llamé Rapsodia, y por la que lloré, la estrategia fue una bici usada muy vieja que costó 30 pesos (alrededor de 10 dólares), tan vieja, tan fea y deshecha, que pensaba que nadie se la robaría. Así y todo se la llevaron, de día, por dejarla a penas 15 minutos con candado para ir a devolver un libro a una biblioteca. Fue tan insólito el hecho que lo primero que pensé fue que mis amigos me estaban haciendo una broma, porque realmente era fea la pobre bici. Mandé unos mensajes a posibles bromistas, y nada, adiós bicicleta.

Por eso no vale la pena que le saque el brillo a mi reluciente Rocinante de Plata, para qué, si se la quieren robar lo van a hacer de todos modos, pero qué bronca. Justo llego y leo noticias sobre bicicletas, y descubro cosas como que en 1950, el todavía anónimo Ernesto “Che” Guevara, le puso un motorcito a la suya para viajar de Córdoba a Buenos Aires. Aunque el calor hizo que el motor sucumbiera en Rosario, me encanta descubrir estas aventuras a pedal de este personaje mítico. Ayudan a enriquecer mis fantasías rodantes para romper con la rutina cuando pedaleo todos los días.

Y qué loco, porque también veo que mientras aquí el problema es cuánto te dura una bici hasta que te la roban, en Japón, oh paraíso caótico de los pedales, el gran problema es la cantidad de bicis que se amontonan en la vía pública, las muchas que quedan abandonadas y que nadie las viene a retirar, y que, de manera increíble para una mente de este lado del continente, nadie que no sea el dueño las tocaría, de lo contrario serían multados, ya que cada bicicleta tiene un código que la vincula a una persona. Aquí, aunque hubieran códigos, las hurtarían, sin dudas.



¿Y qué hicieron los japoneses para buscar una solución ante las montañas de bicis estacionadas por doquier? Inventaron un estacionamiento para bicicletas, subterráneo y automático, increíble, cuyo robot tarda 22 segundos en llevarse o entregarte tu bicicleta. Todo con un sistema de tarjetas y botones. Tomá, los contrastes del mundo...






Todas esas bicis sin dueños en Japón que a veces hasta arrojan a los ríos para que no molesten, deberían mandarlas para acá, donarlas, qué bien vendrían, a lo mejor disminuirían los índices de robos...

Ay, por qué leo estas cosas a las 2 de la mañana... es que tomamos tantos mates en el trabajo para mantenernos lúcidos y no morir de hambre, ¡¡que la mateína no me deja dormir!!! Es un insomnio a pedal... Hasta la próxima, y que te toquen semáforos en onda verde.

1 comentarios:

ganesh dijo...

muy buenos relatos y notas Cecilia, me haces reir internamente, te leo en el trabajo cuando no hay que hacer y tengo encima mis travesias en bici tambien, despues te cuento, sigo leyendo, saludos!
Nicolas